jueves, 21 de junio de 2018

Canto al cuerpo eléctrico...








      Qué sensibilidad. Qué dulzura. Qué electricidad desprende... Han pasado años ya desde el primer encuentro, y nunca consiguió sacarla de su cabeza. Pero me estoy adelantando. La cosa no empezó como uno esperaría que comenzaran estas historias. No. Él era uno más entre muchos otros, y ella era una más, en la que no habría -por oculta- podido reparar. Pero, sin saberlo, era observado con detallada minuciosidad. "Me llamaba la atención la forma en que tratabas a las otras mujeres" -le dijo; y él no supo qué contestar. 

      De ella le atrajo su valentía; su manera de abrirse en canal, delante de él, y mostrar toda su vida sin apenas haberle preguntado. Resultó un acto de lo más perturbador. Desde aquel día no paraba de rondar en su mente, cual estrella en un firmamento vacío. Y después más confesiones, que fueron como si Caperucita le contara al lobo qué llevaba en la cestita y cómo iría vestida de camino a casa de la abuelita. Y sí, le encantaban sus ropajes y sus andares, y todo lo que hizo o dejó de hacer, pero ansiaba haber hecho. Fue casi demasiado. Tanto, que tuvo miedo. No era buen momento para conocer una tormenta que, de tanta perfección, partiría el árbol en dos. Sabía que ese rayo caería y rasgaría el velo de sus miedos; rompería murallas y rodarían cabezas. Qué debilidad, tenerle tantas ganas... 

      Y pasó el tiempo, y con él el viento arrastró las nubes y las hojas secas. Y pasaron muchas cosas más, incluso que él se marchó; pero ella -imperturbable como sólo la certeza más absoluta puede permanecer- se mantuvo a la espera. El invierno dio paso a la primavera, y la primavera al verano; y el grano creció, y los árboles dieron sus frutos. Y un buen día él se atrevió a frecuentarla de nuevo. Y constató lo que ya sabía; que era hueco para cada ángulo de su piel. Fue terrible. Quedaron atados sin cuerda. Le encantaba esa sensación, de tenerla -aún en su ausencia física- tan cerca. Y hoy en día andan juntos a través de sinuosos caminos, al encuentro de un encuentro ansiado desde antaño, cuando aún creían ser capaces de compartir destinos con otra persona; de cerrar los ojos y descansar en el costado de un ángel, con total seguridad...












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Yo me celebro y me canto
Y todo lo que es mío, es tuyo también
Porque no hay ni un solo átomo de mi cuerpo
Que no te pertenezca...

Walt Whitman, "Hojas de hierba"







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