sábado, 13 de octubre de 2018

La puerta entreabierta...








      Tenía un blog con una puerta entreabierta por la que se colaba la luz. La puerta entreabierta sugería una promesa incumplida; la luz, la certeza de que se podía cumplir. En el título se podía leer “deseo”, junto con “anatomía del”. También “tortuoso camino” y “plenitud”. Y después aquella cita de La Divina Comedia:

En la mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba, porque mi ruta se había extraviado...

     En el lateral una cita de Whitman. Hojas de Hierba, otra vez. Un aviso a un navegante no conocido proclamando que tenía secretos, y que “a ti te los contaré...” Una perfecta radiografía interior de un momento de vida, a modo de desnudo en la portada.

      Momentos...



     Tengo una relación extraña con el tiempo. No lo entiendo. Hace más de veinte años escribía una especie de diario. En él intentaba fijar el tiempo y la esencia de las cosas. Recuerdo todas las letras teñidas por una especie de bruma triste. El paso de todo me resultaba horrible, insoportable. Me quedaba mirando los árboles, las personas, intentando encontrar su esencia, atraparla. Aquel intento siempre me dejaba exhausto, con un regusto amargo en el paladar...
...Y entonces se me cayeron las manos. No había nada que atrapar. Los árboles, las personas, tan etéreas como los dibujos de Seurat. 

    Todo está bien tal y como es. Pero sigo sin entender el tiempo, lo más precioso que tenemos. Ese presente que no se puede ni nombrar, porque ya ha pasado. Tan intenso y a la vez tan nada... Y tú, y yo, y todos nosotros, que somos tan nada también, y tan todo. Nada originales -por idénticos- y, al mismo tiempo, distintos, caducos e indestructibles, como esta nada infinita que se transforma en cosas concretas que aparecen y desaparecen sin cesar, en el río de la existencia.

      Y sí, tengo un secreto; pero mentí, no lo puedo contar...

      A veces la vida adquiere tal intensidad en este instante que me evapora y no queda ningún yo que observe, ni ninguna realidad que se pueda observar. Sólo una nube atravesando el cielo en este momento, o una hormiga sobre el pavimento siguiendo su propio plan. A veces una mirada devuelta. A veces un rayo de luz que atraviesa las cortinas y realiza dibujos en el sofá... Y siempre ese “no sé qué” que nunca falta, que no soy yo, pero que me conforma, como nos conforma a todos. Evanescentes, efervescentes, mutantes, amplios, pequeños. Todo ocurre siempre en el mismo momento, en el mismo no-lugar.

     “Tu ir y venir, no tienen lugar más que Aquí”. Y aquí, hoy, ahora, soy simple anhelo de esa luz que atraviesa la puerta entreabierta de nuevo, otra vez... El deseo y la luz. La puerta entreabierta y el tortuoso camino hacia la plenitud.