viernes, 6 de julio de 2018

Un regalo









      Es raro y luminoso. Es delicado. Inquietante también. Leer a mi amigo sin poder parar y pensar que soy yo el que escribe esas líneas, aun sabiendo que jamás seré capaz de semejante belleza. Y lo sigo leyendo, y no puedo parar de llorar. ¿Por qué? La belleza se derrama a veces y, al reconocerla sin protección, te derrumba... Tú, que has estado a mi lado; que estuviste allí, cuando los cielos hablaron...

      Te dije que me acompañaras al exterior aquella noche de diciembre, donde, muertos de frío, nos mantuvimos sentados, inmóviles, inertes a la intemperie, buscando lo que existía antes del nacer. Tú, que estuviste a mi lado, en aquel momento... Tus palabras son puro silencio articulado que revolotea e impacta no sé dónde, recordándolo todo. Tan lejos, tan cerca, al mismo tiempo. En ese tiempo fuera del tiempo, donde no hay un sujeto que reconozca, ni nada reconocido, ni separación entre ambos. Despliegas formas y detalles, y los denominas naderías, sin ninguna pretensión. Me traes a la vida de nuevo, prometiendo que, si presto suficiente atención, seré capaz de ver cómo eso sin nombre que nos pertenece penetra en todo, como la luz en cada amanecer. Tú que eres puro asombro sin darte cuenta, me lo muestras y conmueves. Mi mirada, a veces, es capaz de llegar hasta la tuya y quedarse ahí, contemplándolo todo...

      No tienes ni idea del don que tienes, pequeño saltamontes; como el niño que juega totalmente absorto y no repara en ello. No existe nada más. No puede existir nada más. Ningún porqué, ninguna causa. Así son tus letras...














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